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Mujer de la Gaceta  Perla

Faltaban todavía tres largas horas para terminar mi turno de vigilante en el edificio. Ese día saldría de mi chamba a las siete de la mañana. Se me cerraban los ojos de sueño. Mi compañero no llegó a trabajar esa noche, platicando con él se hacía menos larga la jornada. Después de tres tazas de café, salí a hacer un rondín para estirar las piernas y espantar el sueño.

Subí por el ascensor hasta el quinto piso. Escuche pisadas en el techo, cosa rara porque hasta ahí llegaba el edificio, arriba era la azotea, bueno lo que ahora llaman elegantemente roof garden, que no es otra cosa que poner plantitas y pasto. Echando mano de mi arma de cargo y subí sigilosamente la escalera. Abrí la puerta de una patada, justo cuando una mujer subida en la pequeña barda que rodeaba el lugar, intentaba saltar al vacío. Corrí a impedirlo. De un jalón la atraje hacia mí. El golpe de los dos al caer fue muy fuerte, pero al menos estaba viva.

-Perdón por el costalazo, pero quién le manda andar haciendo tonterías -dije ayudándola a levantarse.

-Lárguese, metiche. ¿A usted quién le dijo que necesito consejos y ayuda? Yo sé lo que hago, usted es un empleado mugroso que no sabe nada -dijo furiosa la mujer.

-Discúlpeme señorita. Ya sé que sólo soy un simple poli, pero también soy humano y si me importa, pues lo que ahora le parece insuperable, con el tiempo lo verá de otra forma. Esta usted muy joven, es guapa, se ve muy sana como para que le dé un dolor tan grande a su familia. Porque me imagino que tiene padres, hermanos, familia - argumenté al ver sus ojos inyectados de sangre.

En ese momento la reconocí. Era una de las oficinistas que trabajaba en el primer piso. Una señorita muy amable. Pero ahora estaba despeinada, con el rímel y el bilet corrido por toda la cara, tenía los ojos hinchados por el llanto y se veía muy enojada. Después de escuchar mi perorata sobre la vida la joven accedió a bajar conmigo. La llevé hasta mi covacha y le serví un café bien cargado, le presté mi chamarra, pues casi amanecía y titiritaba de frío. Le prometí que en cuanto terminara mi turno, yo mismo la llevaría a su casa para que se cambiara y volviera al trabajo. Ya más tranquila me agradeció y aceptó mi ofrecimiento.

-Me porté muy grosera con usted, pero la impotencia  y la desesperación saca lo peor de cualquiera. Y sí, tiene usted razón, tengo una familia que me está esperando en casa. Aparte de padres y hermanos, tengo dos pequeñas. Ahora que pienso en ellas no sé cómo las pude olvidar en mi arrebato -dijo volviendo a llorar.

-Bueno, pero ya pasó y afortunadamente al ratito las va a ver -dije, consolándola.

-Gracias a usted. Porque le juro que estaba decidida a aventarme al vacío.

-No hay nada que no tenga solución..., excepto la muerte. Lo demás se arregla con el tiempo. Bueno, eso decía mi madre, que Dios la tenga en su Gloria.

-Su madre tenía razón, pero yo tengo ya tanto tiempo tratando de hacer una familia, si no perfecta, al menos un hogar tranquilo para mis hijas, pero desgraciadamente no supe escogerles un buen padre. La impotencia de saber que me equivoqué, que todos tenían razón. Todos se daban cuenta de mi situación menos yo. No quise ver lo que pasaba en mi propia cara. No hay más ciego que el que no quiere ver. Esa es la historia de mi vida. Y ahora estoy avergonzada, cansada de necear con algo imposible. ¿Sabe? Mi situación es la más vista y repetida para mujeres como yo, que se aferran a lo absurdo -dijo, suspirando y siguió-

-Mi marido es un tarambana, un irresponsable holgazán, al que yo he mantenido durante todos estos años. Mi familia, mis amigos, todo el mundo se dio cuenta desde que empezamos la relación. Todos, menos yo. Me forjaba fantasías en la cabeza pensando que con la llegada de nuestra primera hija mi marido cambiaría, que sería más cariñoso, más  responsable. Pero nuestra unión siempre fue un estira y afloja. En cuanto yo le pedía que cooperara con los gastos de la casa, él agarraba sus cosas y se regresaba a la casa de sus padres. Dejaba pasar unos días, luego yo lo buscaba y nos reconciliábamos y así completábamos el círculo vicioso. Un día llegaron a mí los rumores de sus correrías con otras mujeres. Entonces pensé que quizá lo que necesitaba era un hijo varón para unirnos por fin como matrimonio, pues yo observaba que cuando algún familiar o conocido tenía un niño, él se emocionaba, así que decidí volver a embarazarme. Lo consulté con él y dijo que si, que estaba bien, pero cuando supo que era niña, su desamor y desapego fue mayor. Las discusiones se hicieron más frecuentes al igual que sus desprecios. Sin querer tirar la toalla, según yo para no darles gusto a los demás, me aferré a él. Le tomé rencor a todos los que opinaban sobre mi matrimonio, incluida mi madre que descalificaba todo lo que yo hacía, llamándome agachona, tonta, ciega, tanto que decidí alejarme de mi familia. Pero poner oídos sordos no cambió nada. El rumor de que él ya tenía otra pareja me llenó de dolor, y al mismo tiempo que tenía relaciones conmigo, embarazó a su amante. Aún así todavía quise darle otra oportunidad, hasta que por fin dejó de negarlo, anunciándome que se iría definitivamente de la casa, pues había nacido su varón tan anhelado.

Eso fue anoche, vine aquí pensando en la facilidad de entrar a un lugar conocido, donde nadie me impidiera el paso y así poder acabar con este sufrimiento y rabia. El resto de la historia usted ya la sabe -concluyó suspirando.

Cuando dieron las siete de la mañana salimos del edificio en silencio. Quizá la chica iba pensando en rehacer su vida al lado de sus niñas. Total ella siempre las había mantenido. Por mi parte yo me preguntaba por qué una muchacha tan guapa y autosuficiente puede tratar de matarse por un tipo tan despreciable y, sobre todo, un mal padre. Pero bueno, así es la vida y nadie puede entender lo que pasa por la mente de los seres humanos.

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