La Gaceta de Chicoloapan

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Mujer de la Gaceta  Perla

Faltaban todavía tres largas horas para terminar mi turno de vigilante en el edificio. Ese día saldría de mi chamba a las siete de la mañana. Se me cerraban los ojos de sueño. Mi compañero no llegó a trabajar esa noche, platicando con él se hacía menos larga la jornada. Después de tres tazas de café, salí a hacer un rondín para estirar las piernas y espantar el sueño.

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La Paisana

Nadie la llamaba por su nombre de pila, en el barrio se referían a ella como La Paisana. Era una mujer mayor, muy alta y delgada, con unos ojos azules profundos y pizpiretos. Pero lo que más me llamaba la atención era su cabellera larga y blanca. Sus canas brillaban igual que el pelo de las rubias muñecas de mi infancia. Vivía sola en un departamento del segundo piso de una privada en las calles de Regina, el cual siempre mantenía impecable y con un toque acogedor. Como era muy pequeño, contrastaba con la estatura de la inquilina. Era gracioso ver a una mujer de casi dos metros moverse ágilmente en tan poco espacio.

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La mamá del Vera

Vendía billetes de lotería en un pequeño expendio, que instalaron a modo, en la entrada del un edificio en las calles de 5 de febrero, en el centro de la ciudad. Era una mujer humilde, nunca supe su nombre, pero no hacía falta, la fama del hijo era conocida en todo el barrio, Rolando Vera, se llamaba aquel insoportable adolescente, pero todos lo conocían como El Vera. Unos opinaban que era rebelde porque no tenía padre, otros, porque la señora no lo había sabido educar, por lo que fuese, pero era el azote de todo mundo, tanto en la escuela, como en el edificio donde vivían.

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El Milagro de Olivia

Empezaba un romance apasionado con una chica que conocí en una fiesta, Renata se llamaba, cuando me invitó a conocer a su familia. Yo estaba tan enamorado de ella, que acepté al instante. El motivo de la reunión familiar era la gravedad de su madre, tenía insuficiencia renal a causa de la diabetes; estaba en espera de un trasplante de riñón, pero el pronóstico de que recuperara la salud, era incierto. Y el otro motivo del encuentro, era que una hermana de mi chica, venía de lejos a mostrarle a su familia su avanzado embarazo de ocho meses. Aquí la noticia era que después de doce años de matrimonio no había podido embarazarse y ¡Oh milagro! Por fin estaba preñada. Eso representaba la felicidad total, pues hermanos y hermanas que por cierto eran siete, tenían hijos.

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Amalia

Amalia salió a vender inciensos, como lo había hecho, durante los últimos seis meses, desde que su marido había perdido el trabajo. Caminó por un camino de terracería hasta la carretera. Se subió a la combi y con tristeza,  recordó las palabras de su pequeña de tres años al despedirse; inocentemente repetía como loro; pendeja, tonta, tarada… Ofensas del marido, que en su impotencia por no poder llevar dinero al hogar, descargaba sobre Amelia. La chiquilla inconsciente las decía cuando la madre la regañaba por algún motivo. Al llegar a su destino Amalia se limpió las lágrimas y pidió al chófer la bajara en la gasolinera.

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Guadalupe

No niego que fue una forma peculiar de conocer a Lupe. Una mañana cuando me dirigía al elevador, vi a varias personas alrededor de una mujer que se encontraba en el suelo, desmayada. Todos opinaban que si había que echarle aire, que si ponerle alcohol, lo común en esos casos. Como en la oficina había varios médicos, se ofrecieron a atenderla. Yo sólo alcancé a ver las botas y un poco de su falda. Sentí lástima por ella pero no me acerqué, ya había suficientes morbosos. La conocía de vista, y después de ese suceso, me refería a ella como la señora que se desmayó. Pero las circunstancias nos hicieron no sólo compañeras de trabajo, sino amigas fuera de la oficina.

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Paloma

Mauricio era un joven educado y trabajador, que se desempeñaba en un despacho contable. Criado entre puras mujeres, su madre viuda, sus cinco tías y tres hermanas mayores lo enseñaron  a ser respetuoso con todos, pero en especial con las mujeres. Al cumplir veintisiete conoció a Paloma, muchacha humilde como él, que trabajaba en una fábrica; de ella dependía económicamente su hermanita de ocho años. Tuvieron un noviazgo de dos o tres años, y cuando él consiguió un buen aumento de sueldo, le propuso matrimonio a Paloma, a lo que ella cuestionó a Mauricio si también se haría responsable de su hermana.

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Mujer contra mujer

Todas las noches con paso lento pasaba por una cajetilla de cigarros a la tienda de la esquina; daba las buenas noches al dueño y se iba echando bocanadas de humo rumbo a su casa, a descansar, luego del pesado trajín de la taquería “El Campeón”, donde había trabajado toda su vida. Yolanda era una mujer alta, corpulenta, pausada en sus movimientos, pero con una cara muy dulce que parecía que siempre estaba triste. Llevaba el pelo corto con un flequillo gracioso, vestía siempre de negro y con calzado bajo; tenía una apariencia casi masculina.

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Lulú. Mujer de La Gaceta

Cuando le pregunté a Saúl, mi sobrino, cómo eran sus futuros suegros respondió sin dudar: -¡A todo dar!

El joven sorprendió a todos por su decisión precipitada de casarse con una chica que recién había conocido un par de meses atrás.

-Son muy jóvenes los dos. Tienen muchas cosas qué hacer antes de contraer tantas responsabilidades como las que hay en un matrimonio –argumenté luego de conocer la noticia.

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Una Madre alcahueta

Se escucha muy fuerte el término alcahueta, pero esas fueron las palabras de una madre en desgracia. Entre tantas historias de horror que vivimos los pasados días a causa del terremoto que devastó varios edificios a su paso, una mujer anónima, como tantas que han dado su testimonio a propios y extraños, narró que sí, efectivamente era muy permisiva y consentidora con sus dos hijos, un niño de siete años y una jovencita de trece años, sobre entendiéndose, que su familia estaba formada únicamente por ellos tres, ahí no había padre, abuelos, tíos, ni nadie más.

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Colombia 23

Beatriz dejaba con la boca abierta a hombres y a mujeres. Una vez que la veías no podías aparar la mirada de su cuerpo. Además de delgadita y nada fea, tuvo la ocurrencia de su vida: ¡No usar sostén! Vestía blusas pegadas que no dejaban nada a la imaginación. Le fascinaba llamar la atención y escandalizar a las vecinas, que se daban golpes de pecho, cuando sus hijos y maridos le lanzaban piropos al pasar.

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