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Un Trabajo bien Pagado

Por razones que se entenderán más adelante, no puedo contar mucho, ni justificar mis acciones, diciendo que las necesidades económicas me llevaron a esta situación de la que ahora me arrepiento. Cuando tenía veintitantos años, trabajé para un grupo delictivo otrora famoso desgraciadamente.

No les voy a decir que fui un santo dentro de la organización, pero nunca tuve que privar de la vida a nadie, además la paga era muy buena. Mi trabajo era deshacerme de cuerpos que los sicarios iban dejando a su paso. No sólo yo, éramos alrededor de media docena los encargados de dicha faena. Había un conductor y los demás cargábamos a lo que llamábamos fiambres, pues la mayoría de las veces, no eran cuerpos completos, sino piernas, brazos, cabezas, en fin, piezas sueltas que a veces enterrábamos y otras, las metíamos a contenedores para deshacerlos con químicos o quemarlos en grandes calderas.

Con el paso del tiempo me fui acostumbrando aquel hedor a sangre podrida, de tal suerte que ya podía comer y beber sin vomitar, como me ocurría al principio. Por temor  nunca le llevé la contra a los jefes o a mis compañeros; y con eso logré que todos me trataran bien, pero también me cargaban la mano en el trabajo.

Así viví alrededor de cinco años, hasta que una noche fui a depositar unas piezas a una fosa que se encontraba algo alejada de la construcción donde dormíamos, como de costumbre nadie me quiso acompañar. Tomé mi carretilla, me fajé bien y me dispuse a llevar los despojos en un contenedor con ruedas. Volqué el contenido y me dispuse a echar la tierra encima. Busqué la pala que había dejado cerca. Alumbré con la lámpara todo alrededor pero no la encontré. Pensé que quizá la había olvidado en la casa, así que decidí volver por ella, pero en ese momento sonó algo metálico detrás de mí. Alguien me había ganado con la pala. Lo más seguro era que mis compas me estaban haciendo una broma. Resignado a sus babosadas grité:

-¡Salgan de donde estén, mamones! no jueguen que hace frío y todavía me falta echar la tierra.

Sólo el viento acallaba al silencio. Detrás de un arbusto una sombra se apareció. Le eché la luz, era un niño que venía hacia mí.

-¿De dónde saliste muchacho zonzo? Qué susto me diste -grité.

Era muy extraña la presencia del chamaco aquél. Ahí no vivía ningún niño, ni en la casa ni en los alrededores. Cuando se acercó lo suficiente logré ver un rostro descarnado y su ropa raída y terregosa. Calculé qué tendría unos ocho o nueve años. Levantó la mano llamándome. Se apoderó de mí un miedo terrible, los vellos de los brazos se me erizaron y sentí ganas de vomitar. Me eché hacia atrás. Al querer huir solté la lámpara y trastabillé. Me fui de bruces dentro de la fosa, encima de los despojos humanos. El horror se apoderó de mí cuando sentí manos y pies tocándome. Sabía que estaban muertos, pero aun así yo sentía sus dedos presionando y arañando mi rostro y mi cuerpo. Grité pidiendo auxilio durante mucho tiempo hasta que perdí el conocimiento.

Me desperté sobre un catre y me incorporé de un salto. Pensé que había tenido una pesadilla pero las burlas de mis compas me aclararon el entendimiento. Entre carcajadas me contaron que al pasar varias horas y yo no regresaba, salieron a buscarme. Me encontraron desmayado dentro de la fosa y sobre los cuerpos. Entre todos me sacaron y me cargaron hasta la casa.

Cuando  les conté lo que me había pasado uno de ellos dijo:

-Necesitas cambiar de faena. Pídele al jefe que te dé otra chamba, con esta ya no puedes, ya hasta ves muertos chacoteando. Que niños fantasmas ni que mis blanquillos. Esos arañazos seguro son de las ramas y las piedras filosas con las que te lastimaste al caer -concluyó burlón.

Ni ramas ni piedras filosas. Esas eran marcas de uñas y el niño que vi, no era de este mundo. Aunque nadie me crea, yo sé perfectamente lo que viví aquella noche.

Cuando me recuperé de los golpes y del susto, decidí escaparme de ese lugar plagado de dolor y sangre. Trabajaré en cualquier parte menos ahí, aunque me muriera de hambre.

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