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Réquiem por los difuntos y los vivos

Réquiem por los difuntos y los vivos. A Guillermo lo tenían preso en los separos de la comisaría del pueblo de Uruapan, en tierras michoacanas, territorio del narco. Allí había pasado la noche, acostado sobre un sucio y derruido camastro. El olor a sangre y orines que exhalaban los muros de aquel pusilánime recinto le provocaba incontrolable náusea y vómito.   

Una migraña sin tregua que taladraba su cerebro, arremetía con aquellas escenas dantescas del accidente automovilístico ocurrido apenas hace unas horas, en una desolada carretera. Y no se explicaba aún cómo había perdido el control de la camioneta en la que viajaba con su familia.

En tanto los peritos realizaban las averiguaciones para esclarecer el caso, se le inculpaba de la muerte de su madre, doña Carlota, quien falleció en el lugar del siniestro por causa de una contusión cerebral.

Revoloteaban por su cabeza imágenes fragmentadas y un rompecabezas de piezas extraviadas que le impedían poner en orden su cabeza. Solamente recordaba el vehículo proyectado dando tumbos y vueltas hacia un precipicio sin fondo.

Al son de este baile macabro los pasajeros salían expulsados del auto. Nadie llevaba puesto el cinturón de seguridad a excepción de Memo y su esposa, que viajaban en los asientos delanteros. Caso extremo fue la ubicación del cuerpo de Cassandra, su hija mayor. Los paramédicos hallaron una desarticulada marioneta sobre el asfalto, al otro extremo de la carretera.

“¡Wow, bato. Qué pinche bomba te explotó en las manos! ¡El peso que vas a ir cargando el resto de tu vida! Una lápida de culpabilidad. La muerte de tu mamacita, que en paz descanse”, le increpaba en tono diabólico el tipo que ocupaba otro de los calabozos.

“¡A ti que chingados te importa, cabrón!”, le contestaba Memo de botepronto.

El bato se regodeaba jugando con el estado anímico de Memo. El filo de su ponzoña removía sus heridas y lanzaba el anzuelo al aire con una estruendosa carcajada. 

Una y otra vez se repetía “esto no puede estar sucediendo, es una pesadilla”. Toda su familia, esposa e hijos, incluyendo a su hermana y una tía -recién viuda- estaban internados en un nosocomio. En terapia intensiva, su hija menor, Cassandra, se encontraba entre la vida y la muerte. La habían trasladado a un hospital de especialidades. Requirió de varias cirugías a causa de hemorragias internas y letales daños en órganos vitales.

El intempestivo viaje a Guadalajara se tuvo que realizar al saber la noticia de la muerte del tío Filomeno, esposo de Remedios, hermana mayor de doña Carlota.

Imposible haber dejado sola a su madre con ese compromiso familiar. Los años se le habían venido encima a causa del enfisema pulmonar que padecía desde tiempo atrás. Su deber como primogénito era acompañarla al funeral de su tío. Cómo explicar lo que estaba ocurriendo en ese momento: su madre sola en la morgue del pueblo, sin poder darle una santa sepultura.

Solamente él y Mónica, su hermana, sabían lo que realmente había ocurrido en este lamentable accidente. “¡Cuidadito con abrir el pico!”, le habían dicho los sicarios que lo visitaron en los separos, en plena madrugada. “Tú vas a declarar que te distrajiste con tu celular, con algo que ibas tragando, cualquier pendejada que se te ocurra. Nadie te echó de la carretera. ¿Estamos, bato? Jamás viste los coches que te rebasaron. Los estamos vigilando, pues. Ni se te ocurra cantar. De lo contrario te carga la chingada y te olvidas de tu familia. Tú calladito y cooperando. Tu silencio a cambio de los gastos hospitalarios. Mi jefe ofrece cubrir hasta el último centavo. Ése es el acuerdo”, sentenció el bato que le apuntaba a la sien a Memo, con el frío acero de su revólver. 

Un ajuste de cuentas de grupos de narcotraficantes en un desolado y olvidado camino del país.  Estar en el momento y en el lugar equivocado: eso lo explicaba todo.

Han transcurrido tres meses de aquel abominable suceso que marcó a la familia de Memo.

Es un hecho -nadie lo niega-, la muerte del tío Filomeno desencadenó una serie de trágicos eventos familiares: el fatídico accidente, el deceso de su madre y también la muerte de la tía Remedios.

Aunque sin previo aviso o notificación, la vida te lleva a viajar por senderos cuyo destino final es un callejón sin salida. 

Quién lo iba siquiera a imaginar. Nuevamente transitando aquellas carreteras, o más bien por los libramientos -como se les llama- para acortar trayectos y mover más rápido la mercancía. Al volante de una flamante pick up, Guillermo había encontrado la solución de sus problemas económicos, que se multiplicaron con los costosos tratamientos de rehabilitación que de por vida iba a requerir Cassandra.

No iba a cargar con más culpas ni con los cuestionamientos en reuniones familiares, ni con explicaciones a sus amistades. Mucho menos, con trabajos y salarios miserables. ¡Al carajo. Que todos se vayan a la mierda! 

Ahora su encomienda era muy diferente: custodiar la cocaína que movía el Cártel de Jalisco hacía el norte del país.

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